lunes, 26 de octubre de 2015

3 / Codex 10

                      3 / Códex X

El glubag había avanzado y destruido medio tren. Y seguía sin detenerse. La gente ya parecía sobre aviso, había tantas personas, y las puertas para avanzar al vagón siguiente eran tan angostas, que inevitablemente se formaban cuellos de botella. La desesperación derivaba en pánico, y el pánico en miseria, cuando el monstruo se venía. Algunos hombres quitaban a las mujeres y niños de la puerta para cruzar primero al próximo coche, o los arrojaban a las fauces del glubag para demorarlo.
Los únicos que tenían ventaja eran Górgola, Solapa y las cuatro chicas, pues siempre eran los primeros en entrar y alertar a todo el mundo. En los últimos vagones, sin embargo, comenzaron a encontrar gente de pie, alertada con los ruidos y alaridos desgarradores, y obstruyendo las puertas.
En el vano entre dos vagones, Górgola se detuvo.
—Hay que hacer algo. No va a detenerse hasta que se coma todo el tren.
—No tenemos con qué matar a un glubag acá.
Wendy  echó una mirada al piso.
—Podemos desenganchar el vagón, como hacen en las películas... Nosotros seguimos y el bicho se queda.
Las chicas miraron hacia el final del tren. Mucha gente cruzaba a la corrida pasando entre ellos, pero no toda. Había viejas, chicos y algunos lisiados retrasados. Más allá, la bestia venía en su avance destruyendo lo que se le atravesara.
—¡Hay gente ahí! —se alarmó Jazmín— ¡Si nos desenganchamos los van a matar!
Wendy y Julieta se miraron sin atreverse a decir nada. Gimena se decidió:
—¡Al carajo la gente, de todos modos van a morir si no lo hacemos!
Se agachó para ayudar a Górgola, que ya estaba destapando un agujero cuadrado en el piso. Tres mujeres más cruzaron de vagón.
—¡Pásense! —les ordenó Górgola a las chicas— ¡Rápido!
Cuando todos estuvieron en el nuevo vagón, Górgola metió medio torso en el hueco donde estaba el acoplador, un cerrojo conformado por dos ganchos enormes, del grueso de uno de sus brazos. Górgola maniobró sobre el primero y le desenganchó la varilla al anillo con facilidad. Pero el segundo se complicó, pues toda la tensión del tren en movimiento recayó sobre éste, y en especial sobre la varilla, que quedó aprisionada por toneladas de peso
—¡Dale, Górgola, que la cosa ésa ya entró al vagón!
Algunos hombres y mujeres cruzaron a este coche. Con el movimiento del tren, un hombre muy mayor trastabilló y cayó a las vías y se perdió bajo las ruedas, en medio de un alarido. La mayoría se agolpaba en la puerta entorpeciendo su propio recorrido.
El glubag comenzó a masticar y escupir gente. Los escupitajos de sangre y trozos humanos salpicaban hacia todos lados. Las chicas veían solo los que iban al techo, pues la gente que quería cruzar de vagón para salvarse se agolpaba en la puerta y les tapaba la visión.
—¡Chicas, no podemos hacer esto! —Jazmín veía que muchísima gente no iba a tener tiempo de pasarse— ¡Estamos sentenciándolos a todos!
Hubo una fracción de segundo en que el movimiento del tren aflojó la tensión y se logró quitar el segundo gancho. De inmediato el vagón suelto comenzó a separarse.
Górgola y Gimena se pusieron de pie, e intentaron ayudar a la gente que continuaba cruzando. Pero el vagón suelto se retrasaba más y más, y los hombres y mujeres que cruzaban debían dar saltos cada vez más grandes.
—¡Vamos, rápido!
En un momento la distancia entre uno y otro vagón ya fue muy grande. Los mayores no alcanzaban al nuevo coche y caían a las vías, y eran tragados por el tren como si fueran aspirados. Más o menos a mitad del vagón, se podían ver las maderas estallando arriba, en el techo. En la desesperación algunos pobres hombres comenzaron a saltar fuera del tren, procurando caer hacia los costados. Escapaban de una muerte espantosa para dar —lo sabían— en tierra de caníbales.
Una vieja y su hijo, un chico joven que parecía levemente retrasado, quedaron en el vano del vagón desenganchado, más lejos con cada segundo. No iba a haber tiempo para dos saltos. Ni siquiera para uno.
—¡Hágalo, señora! —gritó Górgola, ofreciendo un brazo extendido.
La mujer negó con la cabeza. Los estallidos de madera se le acercaban. Tomó a su hijo, que era bonito pero que parecía estar en otro mundo, ajeno al terror.
—¡Cuídenlo! —pidió la mujer— ¡Es un chico especial!
Y lo arrojó —lo ayudó a saltar, pero prácticamente lo arrojó— de un vagón a otro. El chico voló, con expresión de espanto, y Górgola lo atrapó por el cogote.
—¡Ay! —gritó Jazmín, asustada ante la casi certeza de la caída del chico.
Y cuando Górgola lo subió a salvo a su vagón, Jazmín alcanzó a ver a la madre, en el otro coche, que se alejaba sin pausa. Sonriendo. Llorando. Justo en el momento en que más gente se agolpaba, se empujaba y caía o se arrojaba a las vías. Y justo cuando el gigantesco glubag aparecía desde atrás para engullirla y convertirla en un escupitajo de sangre.


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